Algo me ha hecho decir hoy que no iba a parar. Para qué. No tengo
voluntad ninguna. Nada más lejos del arrastre diario de los impulsos musculares. No han servido de mucho los disgustos que me he llevado a
lo largo de los años, los regalos no recibidos, los castigos, los labios
hinchados (he saboreado hasta cayena; lo recuerdo), y nada, yo erre que erre.
He decidido hablar claro. La verdad es que no he
integrado una mierda.
He escrito versos de mil métricas distintas. Me he imaginado
en todas las situaciones posibles: dramáticas, exacerbantes, de felicidad
suprema, de luto y alegría, vida y muerte. He soñado conversaciones, he
pronunciado palabras en susurros y voz baja. He cantado al aire y en silencio
canciones, he compuesto melodías dentro de mi cabeza, porque con mis torpes
dedos no puedo (sin uñas están perdidos). He pensado estar equivocada, he
jurado estar en lo cierto, he soñado con que me falta información y me he
despertado pensando que ya ha sido todo dicho. Llorando y riendo falsamente,
corriendo a veces, andando o parada las más de ellas, pero estancada. Huyendo al
mundo uñil cada vez que intuyo que la realidad aparece, o tal vez que me
inhunda el deseo y el sueño de nuevo. El caso es que huyo tanto de lo real como
de lo imaginario, y entre medias no vivo. Sigo, pero no es lo mismo.
A ver quién me devuelve mi esencia ahora.
Y aquí nadie se entera, nadie sabrá nada porque callar me
sale más barato, aunque tampoco preguntan.
Es extraño, pero la tristeza no llega. No sé si me la estoy
comiendo con cada uña o la disipo de forma infrarroja.
Conozco la falsa satisfacción a la perfección.
Conozco este nudo del pecho.
Te conozco a ti desde hace mucho, mucho tiempo.
Desconozco quién me conoce.
Escribo mientras mastico (maldita la hora de hace 17 años).
Y te maldigo a ti, que me estás haciendo crecer demasiado rápido. Sin saber
siquiera lo que estás causando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario