Cuando subo al mundo suelo
venderme por un beso. De esos que luego saben a ponzoña.
Cada vez que asciendo me enveneno
un poco por dentro. Una vez casi me pierdo, casi fui muñeca de trapo dentro de
aquel espectáculo completamente idiota. Pero supe volver.
Menos mal.
Se me olvida lo bien que nado
aquí abajo. Mi amigo el viento es el único que viene a visitarme, a despeinarme,
pero tonta de mí lo rechazo. Es absurdo que intente tener el pelo siempre en su
sitio, colocado, maniática y obsesiva de
mierda.
Colocados, o simplemente locos. Me
fascinan sus motivos y también su falta de ellos. Me arrastro detrás incansable,
claro que me arrastro, vacilándome el paso, como hizo en su día Kerouack, tal y
como estoy haciendo ahora a pequeña escala. A ver si consigo que se me pegue
algo, que parece que solo brillo cuando deliro.
Cuando me buscan lo hacen en el
auge de la bebida o la soledad. Creo que soy la calma, o la tormenta, depende. Cuando
me buscan allí arriba, nunca estoy. Al menos espero nunca estarlo.
De
momento voy por el buen camino.
Cuando la ficha que soy yo está
bien situada en el tablero el juego parece ir bien, los jugadores están
contentos. Solo en mi turno, cuando muevo y bailo con los dados, la cosa
cambia.
Lo cierto es que me fumé a la
suerte y desde entonces voy envuelta en humo.
Estupendo.
Es jodido respirar, lo sé. Algunos
lo tienen más difícil que otros. Lo dice mi Lista.
Pero si hay algo que de verdad
mata es el cáncer de alma. Creo que soy terminal. Poco a poco te consume, te dure lo que te dure el
cuerpo. Esa metástasis que inunda tus células de alma, tus órganos de alma,
hasta que al final lloras alma y cagas alma, y sucio perdido de alma te
alimentas de otras pocas porque la tuya se escapa por el reguero que corre
hacia el desagüe.
Hoy, a una hora cualquiera, pero siempre hora zulú.
Otra vez bailando para el suelo. Bolitas blancas abortos de
nieve.
Y silencio.
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