Pongamos que me canso de esta ancianidad prematura, y, bueno, de vosotros. A nadie le importaría, ni siquiera a mí. ¿Ni siquiera a mí?
Oh-oh.
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Eh... Qué harta estoy de morderme las uñas y no llegar nunca al alma. Parecen intentos frustrados de quitarme peso del cuerpo; un remedio para no dar bocados al aire, y verme la vergüenza en el espejo. Pero muerdo y muerdo como si no hubiera mañana.
Me duele el cuello de mirar de un lado para el otro sentada en el mismo maldito banco de siempre, sólo distraída por las palomas. Se me ha inundado la cabeza y el desagüe está atascado; puedes ver los renacuajos desde el otro lado de mis ojos. Se comen mis ideas.
- Que alguien me traiga a la vida again. En serio.
Y la pared, otra vez la pared, y mi bata hortera. Un par de dibujos, una botella vacía
(de agua)
((que ya podía haber sido alcohol en algún otro tiempo))
(((AGH)))
entorpecen el deambular de mis tientos. Es desesperante estar hastiada sin enfermedad. ¿Sin enfermedad?
Este asco, no es por la cerveza. Me veo dentro de esta maldita bata, y por mucho que te quiera, fiel Compañera, me estás arrebatando la sustancia. Egoísta esponja de lana, atrapasueños de pacotilla.
No sé por qué ni cómo siguen mis ojos en sus respectivas cuencas. Lo cierto es que me muero de hambre.
- Escucha. Que me dan igual tus historias, sácame de aquí. Pero así no, joder; así no.
Que retorno hacia dentro y no me gusta lo que veo. Esta indiferencia, ¿a qué viene? Que no sé en qué verso me he perdido. Me he comido el marcapáginas a zarpazos. Zarpas enguantadas de suave y aterciopelada indiferencia.
Lo que daría por un llanto rasgado de los buenos, sólo comparables a un solo de guitarra; un hálito desesperado arrancado a empujones de salvación. Aunque tuviera que acabar después con aquel que lo hubiese provocado.
Eh... Me duele el cuello de mirarme los cordones de los zapatos y el reguero de vida que voy pisando. Me duelen las piernas de caminar sin sentido, pisando recto dando tumbos. La espalda se curva ante el plomo de mi cabeza. Sí, y el corazón chapado de tungsteno.
Muchos kilos.
Y nada, cada vez menos uña y menos vida por aquí.
Y ya no soporto a las palomas. Me pisan los cansados cordones.
Espera, ¿qué es lo que veo? Allí, a lo lejos.
Veo mi funeral, mi cementerio. Y dando tumbos corro al paso de la comitiva, que al son de las pisadas pasea mi absurda muerte.
...
Ahí están, aquí vienen,
puedo verlos de lejos.
Vestidos de verde, oliendo a cieno
desfilan muertos de miedo.
No saben, no entienden
que puedo verlos,
que quiero de vuelta y que anhelo
eso que van a entregar al subsuelo.
- ¡Eh! Dejadlo aquí, dejad ese cuerpo,
triste, y ajado, y nuevo.
Que en este cementerio de elefantes
solo festejen los cuervos.
Odio este banco. Asquerosas palomas...
Largo de aquí. FUERA.
Largo de aquí. FUERA.
Sin palabras.
ResponderEliminarHas llenado mi pecho de una sensación inquietante.
Qué locura y qué bien escrito en su desorden.
En cierto modo, me identifico.
http://www.azucarycenizas.blogspot.com.es